CERTAMEN LITERARIO MENCION: SRA. SARITA SINGER/ SIMJA- PARAGUAY

UNA HISTORIA DE MI VIDA

¿Cómo conocí a mi marido? En realidad en aquella época, sólo “futuro” marido, porque en mi juventud iba con todo un grupo de pares, conocidos y primos, una vez por semana a la Hanoar Hatzioní. Éramos como cuarenta jóvenes alegres, inquietos y nos hicimos todos muy buenos amigos. Como Hebraica quedaba en el centro y el objeto de mis mal disimuladas miradas vivía lejos, uno de nuestros amigos, Ariel, le sugirió que me acompañara a casa. Él, “Sito” era su nombre, primero dijo que no, hasta que un día, aparentemente se convenció y me acompañó.

Yo creí que lo hacía porque había descubierto la fuerza de mis miradas, pero no…me acompañó por interés: ¡quería que le presentara a una de mis primas hermanas! A regañadientes, hablé con mi prima pero, -para mi suerte- ella ni quiso hablarle. Entonces le dije a Sito, con mi mejor sonrisa, que mi prima no tenía interés en él.

Pareció resignado y siguió acompañándome todos los jueves, los días de la Hanoar Hatzioní: A medida que el tiempo pasaba, nos fuimos conociendo y simpatizamos…pero no lo hacía porque tuviera interés en mí, sino porque me compartía sus afanes por mi prima y, luego, por otra joven, la que finalmente tampoco quiso saber nada de él.

Yo escuchaba con paciencia: una de las chicas le hablaba de la luna y las estrellas; la otra meditaba sobre la resurrección y, aburrido, corrió a contarme todo a mí.

En aquel entonces yo trabajaba en la fiambrería “Las Palmas”, ubicada en Estados Unidos y Cerro Corá, propiedad de mi hermana y mi cuñado. Como Sito tenía una licorería en España y Pitiantuta, le sugerí que viniera a ofrecer vino al negocio. Así, con la excusa de la visita comercial, yo continuaba viéndolo.

Pero aunque mi cuñado no compró sus licores, Sito venía cada vez más seguido. Además, fue a ofrecerlos en una despensa que quedaba en la esquina de mi casa… “Doña Lala” se llamaba la despensa.

Yo seguía a la expectativa de sus visitas, aunque mi hermano mayor ”olía algo” y se oponía: – ¿¡Qué quiere ese pelotudo acá!? – decía cuando lo veía llegar.

En vista de la oposición de mi hermano, nosotros nos veíamos sólo los jueves, luego me acompañaba a casa…y así comenzó el romance.

Recién once meses después, Sito se animó a hablar con mi Papá:

  • Mi hija no puedo dar; con mi hija no se juega- decía Papá con su español mezclado con polaco.
  • No, don Abraham, yo vengo en serio. ¡Yo la quiero a su hija! Ich jobdier doujter! –insistía Sito, aunque en Ydish, con gran seguridad. Tanta seguridad que logró la aprobación de mi papá…y de mi hermano mayor. Y nos comprometimos.

Dos meses después nos casamos y fuimos muy felices por largos, largos años.

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