CERTAMEN LITERARIO MENCION: SR. TOMAS ARGUELLO (SIMJA PARAGUAY)

KIOSCO ESPLENDOR

Durante muchos años tuve un kiosco de venta de periódicos y revistas, muy cerca del Mercado 4. Desde mi atalaya, como me gustaba llamar a mi sitio de trabajo, he visto pasar la vida y a muchas personas y personajes.

          Yo veía que los niños solían salir en el mismo horario, muy de mañana, hacia la escuela; también los veía al volver, sonrientes, cansados, pero felices. También veía a  los mayores que iban a sus respectivos trabajos o se ponían a ofrecer sus mercancías en la vereda, como es costumbre en la zona. Allí algunos paseantes revisaban los productos y, a veces, los compraban.

          Me llamaban la atención dos jovencitas que- con sol o nublado, con calor o frío- instalaban, a la misma hora, sus puestitos de venta, sus canastos o bandejas, siempre muy juntos. Una era menuda, delgada, casi enfermiza de tan transparente; la otra era más fornida,  más fuerte, pero ambas se  parecían en los rasgos de sus rostros juveniles y en el cabello largo, oscuro y ondeado, que lucían suelto sobre la espalda. Y en la simplicidad y prolijidad de sus vestidos. Supuse que eran hermanas.

A veces, la más pequeña ponía una flor o un moño en la cabellera; invariablemente ella ofertaba sus productos con amable sonrisa; cantaba tonadas de nuestra tierra entre cliente y cliente y, aunque no concretara la venta, cuando regalaba un “¡Buen día!” con su voz cantarina, el cliente se iba con alegría en el corazón. Se ganaba así la simpatía de todos.

La otra joven no era tan amable con la gente que pasaba: por largo tiempo la observé y no la vi sonreír ni la escuché cantar; parecía continuamente de mal humor, de “piré vaí” como decimos acá. Eso generaba malestar a sus clientes.

Pasó el tiempo. A veces las apariencias tienen dos caras: un día menos pensado, la pequeña vendedora salió de su timidez y atraso: aunque era la menos afortunada y más pequeña, resultó ser la gananciosa en los negocios. Esa misma circunstancia, su forma de ser, la llevó a crecer y a ser una muy buena microempresaria. Dejó la calle y puso su local, no muy lejos de mi kiosco; contrató a su hermana como vendedora y le enseñó a sonreír. Más adelante abrió un nuevo local y dio trabajo, también, a otras personas. Así pudo ayudar a muchos a salir adelante, siempre con optimismo y honestidad.

Hace bastante que cerré mi torre, mi kiosco, sin embargo aún recuerdo la sonrisa amable y las canciones de la pequeña vendedora, hoy empresaria.

Las cosas buenas son dignas de ser imitadas.

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