CERTAMEN LITERARIO MENCION: LUISA LEICACH (AMIA)

En el Banco

Entré al Banco por primera vez con esperanzas y un poco de miedo de no saber manejar la situación. Un viejo complejo de mujer pueblerina en la gran ciudad ¡bah! Además a alguien de mi edad le cuesta adaptarse a trámites complicados. Y vaya si eran complicados pues los venía arrastrando desde varios años antes Al fin faltaba un único dato esencial que debía recoger precisamente en este enorme Banco. Llevaba apretados en mi cartera los papeles y documentos necesarios.

El lugar era tan grande que más parecía una estación de ferrocarril.

Me acerqué al mostrador que ostentaba el cartel de “Informes”. Me habían prevenido sobre las filas en la Capital por todas partes, hasta para ir al teatro. Me alegré que no hubiera nadie porque ya me cuesta estar de pié.

El empleado tenía colocados un par de audífonos, y cuando le hice mi pregunta separó uno de la oreja y me miró con indiferencia

-Señor- repetí por si no escuchó- vengo a retirar un papel para obtener mi jubilac…

-Oficina 12, allí la atienden,- contestó y volvió a colocar el audífono donde estaba.

Comencé a buscar el lugar. No debe ser difícil, pensé, pero al recorrer el salón  hacia uno y otro lado pude observar que las oficinas terminaban en el número 9. Volví  a dar vueltas y más vueltas pero todos estaban o parecían estar muy ocupados y no encontré a nadie más a quien preguntarle. Tampoco quería parecer tonta. Ingresé a un gran salón donde montones de personas caminaban en direcciones diferentes. Alguna me empujó sin verme. Parecía que todos sabían adonde ir menos yo. Caminé en círculos por un rato. Cada pasillo se habría hacia los lados en tantos otros (pensé:-¿ya pasé por éste?) Volví al hall grande y de pronto vi claramente el numero 12. Comprendí que hubiera debido moverme más organizadamente y lo hubiera visto a poco de entrar.

El 12 era el último de una línea de cajas enrejadas, en nada parecidas al Banco de mi pueblo. Justamente en esa fila, había una larguísima línea de personas aguardando, casi todos con cara de aburridos. Noté que alguno había tomado la precaución de llevar un diario o una revista y ellos se veían más entretenidos leyendo.

Me ubiqué dispuesta a aguardar con calma.

La fila se movía muy lentamente, casi no avanzaba. Era evidente que los problemas allí adelante eran más complicados que en las cajas 11 y 13 donde había menos gente y se movían más rápido.

Por un instante me entró una duda. ¿Por qué el empleado dijo oficina y no caja? ¿Estaría en el lugar correcto? Miré a mi alrededor y volví a ver que las puertas numeradas eran sólo nueve. Entonces yo estaba en el único número 12 a la vista y él había dicho 12, por eso me quedé.

Cuarenta minutos más tarde  aún me faltaba un largo trecho por seguir.

Un joven que estaba delante de mí en un momento giró y me comentó:

-¡Cuanto tiempo se pierde aquí, sólo a mí se me ocurre venir a la hora que se juega la final Argentina /Brasil! Para colmo vamos 0 a 0.

También él tenía un audífono pegado a una oreja. Se parecía a mi nieto mayor.

Al rato se volvió otra vez a mirarme y dijo:

-¿Usted no quiere que le guarde el lugar? Se puede sentar en uno de esos bancos y cuando llegue su turno yo le aviso.

-No, gracias.-Me sentí más acompañada pero prefería seguir en mi lugar. Nada me daba seguridad a mi alrededor y los asientos estaban todos vacíos. Por algo sería…

Hacía ya varios años que había iniciado mi trámite jubilatorio. Convencida de poseer los certificados de todos mis aportes, sabiendo que algunas señoras del pueblo recibían su jubilación sin que yo me hubiera enterado que jamás  habían trabajado, me sorprendió el hecho de que fui objeto de tremendos obstáculos burocráticos.

Expedientes, sellos, aportes, cajas, números, sellos, certificados, instancias, más sellos, oficina tras oficina.

Alguno de esos trámites tuve que realizarlos en la Capital donde viví y trabajé antes de casarme e ir a vivir al interior. Por eso  tenía que retirar la última constancia en este Banco. Aunque sólo se trataba de apenas 300 kilómetros, fueron viajes, y plantones en salas de espera, aunque por suerte conocí a otras señoras que estaban en  mi misma situación y se hacía más tolerable vernos y charlar… hasta que alguna dejaba de aparecer y eso renovaba nuestras esperanzas al suponer que por fin alguna había llegado a buen puerto.

Seis meses atrás se me informó que un expediente que había estado “desencontrado”, había aparecido en un archivo llamado ”José Perez y otros” y por supuesto yo era una de los “otros”. Esas cosas ocurren, me dijeron, para simplificar la burocracia.

Al fin, después de años perdidos de mi vida “jubilatoria”, aquí estaba para conseguir el último papel necesario.

-Ya estamos llegando-me dijo amable el joven parado delante de mí.El estaba a dos personas de la reja y yo a tres. Un ansia de café me atenaceaba el estómago (por lo menos con una medialuna). Hacía horas desde que había comenzado el día y sólo tomé unos rápidos mates para no perder tiempo. Miré mi reloj. Ya era las dos y media de la tarde.

Un mareo como el que me ocurre cuando paso muchas horas sin comer, me asaltó junto con el cansancio. Por unos segundos tuve una sensación de irrealidad, creí que me iba a desmayar pero pude superarlo con un par de pastillas que llevaba en la cartera.

Al fin llegó mi turno, después de treinta y cinco años de aportes, se iba a hacer justicia. Coloque mis papeles sobre el mostrador.

En ese momento un grito atronador surgió en el lugar, parecía salir de todos lados al mismo tiempo. Me dí cuenta que decía:

-Gooooooooooool

El cajero que también tenía un par de audífonos escondidos en su oreja , saltó de su asiento y como él los empleados de las cajas 9,10,11 y 12,  todos ellos se abrazaban unos a otros saltando como chicos mientras la poca gente del público que esperaba hacía otro tanto, más o menos efusivamente pero todos al unísono. Siempre había tenido la impresión de que los hombres, a la hora del football pertenecen  a un género biológico diferente, lo que parecía confirmarse viéndolos actuar en este momento. Alguien me dijo abrazándome que era un gol casi sobre el final del partido y con él Argentina se adjudicaba la Copa América. Casi nada. También me alegré mucho pero por si acaso no me alejé de mi lugar.

El mareo se presentó de pronto otra vez y ya no me quedaban pastillas.

En ese momento el gran reloj de la pared marcaba las tres de la tarde y escuche cerrarse las pesadas puertas del Banco por las que había ingresado.

El empleado volvió a su lugar para continuar atendiendo a la gente y como era mi turno le extendí los papeles que me correspondían para completar el trámite que se requería para cobrar mi primera jubilación mínima.

Los tomó distraídamente, los miró y dijo:

-Señora, ¿usted pasó por la oficina Nº12?

-Yo pensé que es ésta- dije desfalleciente señalando el único cartelito con ese número de todo el salón

– No, ésta es la caja Nº12- replicó

– Pero las oficinas terminan en el número 9- dije defendiendo mi punto

– Las de este piso sí, levantó la voz con un mal humor aparecido no sé de donde- la “oficina” Nº 12 está en el segundo piso

– Entonces ¿qué hago ahora? – era mi voz pero irreconocible.

– Hoy ya no puede hacer nada, el Banco ya cerró. Vuelva mañana y pase por el escritorio de “Informes” que es donde la tienen que informar. Dicho esto y no habiendo más gente en la fila, juntó unos papeles y desapareció.

Miré a mi alrededor. Una ola de gente se dirigía en un sentido. Como hipnotizada los seguí buscando hacia donde estaría el ascensor que debí haber tomado para el segundo piso.

Unos bellísimos vitrales del techo llamaron mi atención, parecidos a fotos que había admirado en algunos mails de Iglesias de Europa. Quedé como hipnotizada. Luego seguí caminando hacia la salida donde estaba la puerta de entrada pero estaba cerrada.

Al final de un corredor vislumbré una luz por donde el sol penetraba a través de una pequeña puerta lateral por donde salían unas pocas personas pero cuando llegué hasta allí, miré a mi alrededor y estaba sola.

Tampoco alcancé a salir antes de escuchar el click que indicaba que esa puerta también se cerraba electrónicamente.

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