CERTAMEN LITERARIO MENCION: PERLA BENZAQUEN /JAI REGAIM/ S.FE

Autobiografía de un amor

            Me llamo Ines, soy secretaria del estudio de los arquitectos Esteban Passo y Julián Rivero. Como vivo al lado, mis jefes suelen encargarme tareas que puedo realizar fuera de hora sin el consiguiente problema del traslado hasta mi casa.

            Esta es una de esas tareas que me encomendó el Arq. Rivero, que pusiera en orden los planos de construcción de hoteles del año pasado, construcciones que mis jefes vienen haciendo con gran éxito en las costas de Brasil.

            Al colocar la última carpeta con los planos en su respectivo lugar veo que caen unas hojas escritas a mano, con letras picudas, como apretadas, nerviosas y, como estoy sola, con mucho tiempo por delante, me dejo llevar por la curiosidad y leo:

            “He decidido volcar al papel mis vivencias, para ver si así, logro desprenderme de ésta angustia y proceder como es debido. Me llamo Alberto y tengo 43 años. Desde hace varios mantengo una relación fuera de mi matrimonio. Dicho así, de ésta manera, yo mismo me estoy juzgando con dureza, pero es necesario hacer un poco de historia. A los 17 años conocí a Paula y fué inmediato mi amor por ella, apenas un año menor, Paula correspondió y vivimos unos largos meses las dulzuras de un romance juvenil.      .                        Por razones de familia, se fue del país y durante varios años no tuve noticias sobre su vida. Mi desesperación era muy grande porque no le encontraba explicación a su silencio. Pasaron años y tuve que rehacer mi vida sin ella. Conocí a mi mujer y la quise, a mi manera; tuvimos 3 hijos, dos varones y una nena a los que adoro con toda mi alma. Me dedique a la profesión, sin dejar de atender a mi familia, sobre todo a mi niñita que siempre tuvo un lugar preferente en mi corazón.

            Un día, haciendo un trámite municipal, me encontré cara a cara con Paula. Ambos, atónitos, con la boca seca, nos tomamos de las manos y sin percatarnos de la gente, amontonamos las palabras y los reproches. Ella juró que me había mandado miles de cartas (y aquí vi la mano de mi madre que pensó, equivocadamente, que era mejor así) y yo le jure que no la había olvidado.

            No quisimos o no pudimos evitarlo e iniciamos una relación que nos destroza a ambos. Ella muy religiosa, nunca quiso aceptar mi pedido de irnos a otro pais a vivir juntos, aducía que jamás le quitaría el hombre a otra mujer, ni el padre a 3 hijos. Yo le insistía que no los desampararía, pero nunca acepto.

            Ahora, viajando a Brasil, donde estaré dirigiendo el inicio de otro hotel, mientras voy escribiendo estas líneas, veo que mis ideas se aclaran y se que es lo que debo hacer, muy a pesar de mi confesor que me pide que la deje, y no puedo, o que por lo menos me arrepiente, y no quiero. Cuando vuelva voy a confesarle todo a mi esposa y dejaré que ella decida; si me perdona me quedaré con ella y nunca más volveré a encontrarme con Paula. Si no lo hace, dejaré mi casa y tratare de convencer a Paula de convivir, casa al sol como ella dice, estoy dispuesto, en pocas semanas estaré de vuelta en Santa fe y se decidirá el destino de los tres”.

            Hasta aquí lo escrito en estas hojas. Me he quedado tan conmocionada por este relato, de alguien tan conocido por mi, un hombre tan amable, respetuoso y aparentemente apegado a su familia, un hombre que extrañamos enormemente, ya que volviendo de Brasil tuvo un accidente terrible en el que perdió la vida.

            Estas carpetas fueron rescatadas por su socio y quizás nunca vio estas hojas escritas. Ahora se me aclara una escena observada en su velatorio: se me acerco una mujer, menuda, de cabellos oscuros, que desde una distancia de tres o cuatro metros, se puso a contemplar el féretro, mientras que desde sus grandes ojos caía un mar de lagrimas. Su cara era la imagen de la desolación, unas amigas se acercaron a la esposa a preguntarle quien era, y ella con un encogimiento de hombros, negó conocerla. Luego la vimos irse, sin mirar a nadie, sin hablar con nadie. Llevaba el peso del mundo sobre sus hombros. Ahora sé quien era.

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