CERTAMEN LITERARIO: MENCION: LYDIA POPRITKIN RAICES /SAN JUAN

EL ROMANCE DE ELISA

Nací en un pequeño pueblito de la provincia de Santa Fe y, ahora a la distancia se mezclan mi imaginación y la realidad, pero todo está muy grabado en mí. Elisa era una amiga de mi mamá que vivía frente a nuestra casa.  Con mis ojos  infantiles la recuerdo como una morena estupenda, alta, hermosa, vital, soportando estoicamente dos hermanos mayores, medio vagos y una madre viuda, apagada, que nunca perdió su aspecto de inmigrante judía como campesina.

Era de público y privado conocimiento el affaire de Elisa y Salvador.  El pertenecía a una familia de estancieros, muy ricos, poseían una cancha de polo, avión privado y unos campos de envidia.  Mi padre era muy amigo de él y solía llevarme sobre todo cuando Salvador que era muy buen polista jugaba con otros estancieros de la zona.

No sé en qué momento y cómo comenzó esa relación tan despareja, lo cierto era que todos los días, sin faltar uno, un auto negro se estacionaba en la puerta de la casa de Elisa y se quedaba allí hasta la madrugada.  No me cabía duda el inmenso amor que había entre ellos y yo, que siempre revoloteaba entre las polleras de mi madre y sus numerosas amigas, prendía mis oídos como radares y las conversaciones de Elisa estaban plagadas de innúmeros Salvadores y mostraba fotos, siempre juntos en Tandil a caballo, ellos en Córdoba, también en Rosario, siempre abrazados y siempre sonrientes.

Me llamaba la atención que Elisa no tuviese un cuarto más privado ya que dormía en un pasillo cuya puerta era una cortina de tela, casi a la vista de todos.

Este noviazgo duró hasta que ella cumplió cuarenta años y un día anunciaron su casamiento.  Los comentarios en el pueblo fueron que finalmente muerta la madre de él, podían disponer de la herencia, dado que su familia nunca aceptó esa relación con alguien de condición tan humilde como Elisa y además judía.

El hecho es que se casaron y se fueron a vivir a Thea, Córdoba donde yo los visité.  Vivían en una  colina, en una casa espléndida, con un parque enorme donde correteaban los sobrinos de Elisa y unos enormes perros.

Los dos me colmaron de afecto, de mimos, de alegría, todo el amor que se profesaban les salía a borbotones.  Se los veía tan felices, con la risa fácil, esa que sale de los corazones sin carencias.

Me fuí con la idea de volver al año siguiente para quedarme más tiempo, porque estar con ellos era una inyección de vida.

Al poco tiempo nos anunciaron que Elisa estaba gravemente enferma y desahuciada.  Mi padre viajó a Córdoba para acompañar a Salvador y estuvo con ellos hasta el final, que fue desgarrador.

Mi padre regresó muy triste y mientras nos contaba lo desolado que había quedado Salvador, llamaron de Córdoba para decir que había sufrido un infarto.

Sólo sobrevivió a Elisa veinticuatro horas.

 

 

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