CERTAMEN LITERARIO MENCION / YEDA BARAN / SIMJA / PARAGUAY

EL SUEÑO DE UNA JOVEN

Marzo de 1958. Me acuerdo como si fuera hoy: vivíamos en San Pablo (Brasil); apenas había cumplido los 18 años y uno de mis hermanos acababa de celebrar su bar mitzvá, los 13 años judíos. Habíamos tenido una hermosa ceremonia y un festejo en familia y amigos. Este bello recuerdo proyecta un paréntesis en mi mente.

Sólo tres meses después mi vida cambió, lo que parecía un sueño se convirtió en pesadilla: mamá se enfermó y, repentinamente, falleció.  Quedamos los tres hermanos desolados (Abraham de l3 años, Jaim de apenas 9 y yo, la mayor) a cargo de un padre joven, bueno y trabajador, pero que se sentía solo y débil frente a la vida. Al volver a casa, después del entierro, nos inundó la tristeza y la soledad: abrazados en círculo, nos consolamos unos a otros, asegurándonos que podríamos salir adelante a pesar de todo.

Sí, pese a ser una adolescente sin experiencia logré  encarar la situación y atender a mis hermanos y a papá. La casa, lentamente, se fue normalizando. Claro que tuve el apoyo de mi abuela, mi Baba, quien a pesar de su avanzada edad, venía casi a diario a supervisar todo y a “darme una mano”, como ella decía.

Y no era poco lo que me ayudaba, porque en esa época yo estaba terminando mis estudios secundarios y debía cumplir con todas mis tareas del colegio, además de las de la casa. La recuerdo muy bien: guapa, elegante… y algo gordita, pero activa y diligente.   

Al terminar mu curso y recibirme, una de mis primas – que vivía en Asunción-  nos invitó a Abraham y a mí a pasar unos días de vacaciones. Me confundían las emociones: por un lado, la pena de dejar a Papá y a Jaim solos y, por el otro, la oportunidad de conocer un nuevo ambiente, otras personas, la posibilidad de despejarme de esa nube de tristeza que nos había invadido. Soñaba con llenar el hueco de amor que había dejado la partida de Mamá.

Mi Abuela me colmó de recomendaciones para el viaje y, al fin, llegamos a Asunción. El cariño de tíos y primos nos llenó de ternura y alegría. Los días pasaban raudos, de paseo en paseo y de reunión en reunión. Todo era una maravilla y, para más, en uno de esos encuentros familiares conocí a un joven, muy buen mozo, profesional, unos años mayor que yo, quien comenzó a tener atenciones para conmigo. Nos tratamos para conocernos mejor y comprobamos que congeniábamos, nos llevábamos bien.

Entonces, como se acercaba el día del regreso, uno de mis primos puso a Papá al tanto de lo que estaba pasando. Y entre carta va y respuesta viene, llegó mi cumpleaños número 19, celebrado con un festejo familiar en el que… ¡oh, sorpresa! …estaba presente el joven de mis sueños. Y yo, no sé si roja o de varios colores, lo escuché decirme que quería comprometerse formalmente conmigo. Y así lo hizo ante mis tíos y primos ¡Me pidió casamiento allí mismo!

Unos meses después se formalizó la relación delante de Papá, la Abuela y mis hermanos. Desde entonces no nos hemos separado. Formamos una hermosa familia. Tuvimos un hijo. Y hoy estoy acá, contando este cuento verídico, una historia  de una joven que soñaba con dar y recibir amor. Un sueño hecho realidad, en el que, desde hace 55 hermosos y plenos años, se han unido dos almas amadas y queridas.

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