CERTAMEN LITERARIO GANADORA 12º DE CIAM JOFESH SRA NOEMY LEVY

Caía el atardecer, el tibio sol madrileño se escondía en el horizonte.

Ahí todo era movimiento y una suerte de ansiedad se apoderó de ella. Presurosa subió la escalerilla sin poder evitar detenerse un instante, para despedirse en silencio, con una mirada de gratitud hacia esa tierra que la había cobijado tanto tiempo-

Lucía un atuendo artesanal, elegante y sencillo; su cabello rojo atrapado prolijamente en una sola trenza y sus ojos tan verdes como uvas maduras.. Atrás habían quedado los rulos sueltos, los pantalones de cuero y ese aire de chiquilina intelectual y rebelde.

Apoltronada en su asiento, espejo en mano repasó su maquillaje y entonces se volvió a detener sobre su propia imagen, pequeñitas y finas arrugas alrededor de sus párpados y dos aún más pequeñas en la comisura de los labios, daban cuenta de los trece años transcurridos. El tiempo del exilio la había transformado en una mujer adulta y taciturna.. Ahora es la Dra. Sofía Mizrhai, título que con mucho sacrificio, soledad y no poca nostalgia pudo obtener en la Universidad de Barcelona. Había logrado transformar la pérdida de sus ideales, de los sueños de una sociedad libre y más justa para todos en una solidaria vocación; la de ayudar a los enfermos de HIV; para eso regresaba al país entre otras cosas, para dedicarse a la investigación.

Había logrado relajarse cuando la sorprendió el aroma a café con leche, sumergiéndola en los recuerdos. La casa paterna en el barrio de Caballito, con sus veredas anchas, todas cubiertas de flores de jacarandá. El olor a la sopa de verduras que hacía la bobe.

Las carreras de embolsados con los chicos del barrio, el perfume a jazmines cuando llegaba diciembre. Los rostros azorados de sus padres, la noche que junto a Marcos, su hermano, tuvieron que huir para que no los mataran.

Y así un sinfín de imágenes, unas tras otras, como en una película; la sorprendió una voz cordial, la de la azafata.

– Señorita ¿qué se va a servir?

– Un cortado por favor- Algo caliente la reconfortó, luego leyó hasta dormirse, a despertar, cayó en la cuenta que estaba llegando a Buenos Aires. En el aeropuerto la esperaban sus amigos y vecinos Rosa y Miguel, una especie de ángeles de la guarda de su abuela Sara, que por propia voluntad, vivía sola con sus noventa años y una gata blanca a la que llamaba Minu.

Al verlos, calzó sus anteojos negros para disimular el llanto.

Todos emocionados iban llegando al barrio cuando a Sofía la sorprendió un enorme pasacalles que decía: “Hoy llega la Colo, bienvenida”

El coche iba despacito pero su corazón al galope, los vecinos aplaudieron hasta que ella a unos metros, sobre el marco de la antigua casona, se recortaba la figura de su amada bobe, con su figura gordita y sus increíbles ojos azules como el mismo cielo.

Mezcló la risa con el llanto, respiró hondo y llegó hasta ella y hubo besos, caricias en la cara, las manos, los ojos, tan fuerte fue ese instante de reencuentro que le pareció tener los pies pegados al suelo.

Entonces se quedaron ahí, muy juntas, muy quietas, muy calladas, hasta que Sofía se separó un instante para preguntar:

  • Abu, ¿de Marcos nunca se supo nada?-

Se miraron profundamente y la anciana no pudo articular palabra, apenas meneó su cabeza blanca.

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