CERTAMEN LITERARIO/10º PREMIO/SR. ENRIQUE BARAN/ SIMJA/ PARAGUAY

EL EDREDÓN MÁGICO

En Magdeburgo, 1945, plena época del nazismo, si alguien llamaba a la puerta de madrugada o al amanecer, seguramente era la Gestapo, temida policía política.

Una noche, entraron bruscamente en una sencilla vivienda tres hombres uniformados: revisaron minuciosamente cada habitación, incluyendo el baño y la cocina. Se supo luego que buscaban a un hombre, que en su momento, estaba inscripto en Bar Kojba, una institución de deportes, un hombre de hogar, sencillo, tranquilo y respetuoso de Hashem, amante de la familia que había formado con su mujer y dos hijos que hacían travesuras por mil.

Así que para todos resultó una sorpresa lo que pasó: Uno de los uniformados preguntó por este jefe de familia, dónde estaba, qué hacía. Y la esposa, llevada por el instinto de conservación, aunque atemorizada, aseguró que no sabía dónde estaba su marido en ese momento y que esa noche no había vuelto a casa.

La mujer estaba recostada en la gran cama, con las piernas estiradas; junto a ella dormía un niño de unos 6 años  y, al costado, la cuna con un bebé, cubiertos todos a medias por un gigantesco edredón – herencia familiar de varias generaciones- que servía en invierno para abrigar a toda la familia. Ella, aunque no lo consideraba necesario, había continuado con hábiles manos la tradición familiar agregando piezas al cobertor, según aumentaba la familia. No suponía lo útil que sería la prenda: lo cierto es que cada elemento que Hashem (Dios) da a los hombres tiene alguna utilidad.

Los policías –algunos de los cuales entonces se mostraban todavía respetuosos con las mujeres-, le pidieron que saliera de la cama, pero la mujer respondió que estaba enferma, que tenía las piernas paralizadas y no podía hacerlo. Los uniformados no dijeron nada, miraron por encima de las cosas de la habitación y se fueron.

Los indeseados visitantes no pudieron ni siquiera imaginar que el padre de familia estaba escondido, casi ahogado… ¡debajo de esa gran manta!

Esa misma noche, con las poquitas monedas que pudieron reunir, el padre de familia se fue sigilosamente a la Estación de Trenes; para comprar un pasaje, alejarse y ponerse a salvo. Pero entonces, una turba de antisemitas comenzó a gritar que habían visto en el andén a un judío; el hombre captó que se trataba de él y comenzó a correr y correr por la plataforma, desesperado. Milagrosamente se abrió ante él el portón del depósito de valijas y, sin pensarlo, se metió allí. El encargado del sector, puso valijas y valijas amontonadas sobre el perseguido; cerró el portón y se fue, hasta que horas después, ya silenciosa la Estación, volvió y ayudó a salir al fugitivo. Nuestro protagonista se fue por el andén desolado a esa hora; compró pasajes para Lorena, donde llegó sin nada más que lo puesto…. Pensaba y repensaba en su familia, en el amor que les tenía y lo lejos que estaban, en todo lo que había pasado y en el edredón salvador, pero nada podía hacer para cambiar las cosas. Sólo rezar… y esperar. En la estación de destino lo ayudaron jóvenes del grupo kibutziano que le dieron comida y alojamiento.

Los protagonistas de esta historia fueron mis padres. Y todavía hoy  puedo asegurar que el edredón mágico aún sigue en la familia, aunque algo gastado por el uso y el tiempo, pero creciendo de tamaño con las nuevas generaciones.

Y así como me lo contaron, se los cuento.

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