CERTAMEN LITERARIO – 8º PREMIO- SHALOM BEIT ISRAEL – SARA BENCHIMOL (80)

La cocina con amor

Algunas personas que a veces quieren elogiarme dicen que soy ocurrente; pero para mi marido soy una despistada.

Les contaré algo que me ocurrió hace unos años: Era el mes de diciembre, un día húmedo con treinta grados de temperatura. Volvíamos a casa en el auto con mi marido, las fiestas se acercaban, las calles entre el tránsito y la gente eran un caos. Nosotros casi no hablábamos.

  • No tengo nada para la cena – pensaba yo mientras tanto. Me acordaba de mi cocina toda revuelta porque esa mañana habían fumigado y pensaba en la mesada completamente ocupada con fuentes y platos.

Lo miré de reojo y, al llegar a la cochera, por fin me animé a decirle:

  • Me gustaría que compraras algo para la cena 

Sin decir una palabra me entregó las llaves del auto y el saco. Lo vi irse arrastrando los pies y murmurando una protesta.

Cerré el auto y subí al departamento. Lo primero que hice fue descalzarme.

Mi caniche toy se encargó de llevarse una sandalia a su refugio debajo de la mesa de luz. ¡Qué delicia caminar y sentir la frescura de las baldosas! Ordené un poco, antes que volviera mi marido, despejé un poco la mesada.

Abrí la heladera. Por lo menos había una botella de cerveza. Puse la mesa y me senté a esperarlo. Cenamos de mal humor y arreglamos los detalles cotidianos para el día siguiente.

La mañana amaneció fresca y luminosa. Ya listos para para salir, lo veo buscar en los bolsillos del saco las llaves del auto.

  • Te las di anoche cuando fui a buscar comida – dijo seco y alterado.
  • No sé, no me acuerdo- balbuceé como respuesta.

Revolvimos toda la cocina, los estantes, los cajones ¡Todo! Y ni rastros de la llave.

  • Me voy en subte. No puedo esperar más – dijo muy nervioso y salió dando un portazo.

Me quedé aturdida unos instantes. Pensé que se podían haber ido con la basura. ¡Qué horror! ¡Había tirado la bolsa por el incinerador!

A la tarde me llamó para saber si las llaves habían aparecido. Muy tranquila respondí:

–  No, pero ya aparecerán –

Trata de que aparezcan. Yo no viajo más en subte– fue todo lo que dijo antes de interrumpir bruscamente el llamado.

Se acercaba la noche. Lo mejor sería preparar una rica cena. El único plato que me sale bien son los zapallitos rellenos. Tenía que compensar así que me esmeré todo lo que pude. Los zapallitos lucían erguidos, cubiertos con salsa blanca sobre la mesada; sólo faltaba llevarlos al horno. Abrí la puerta, elegí una fuente y: ¡Oh sorpresa! Allí estaban las llaves. Acostaditas, como avergonzadas, en el rincón de la fuente. Seguramente anoche, al entrar apurada, tiré las llaves y luego, al guardar las fuentes….

 En ese momento me asaltó una idea genial. Ahora me vengaría. A la hora de la cena, acomodé los zapallitos en dos platos y con una hoja de lechuga grande hice un cucurucho. Metí las llaves dentro y la adorné con puré y una aceituna.

Mientras miraba la televisión sin hablarme, me acerqué sonriendo con el plato, lo coloqué delante suyo y le dije: – Cuidado con los dientes.

 

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