EL CASAMIENTO (relato desde V. Gesell)

Otro relato que nos llega desde la Comunidad de V. Gesell, a través de la Sra. Beatriz D. Grinberg.

EL CASAMIENTO     (cuento)

“Venecia a fines del Siglo XVIII, año judío 5553. En 1797 Napoleón abolió el estado veneciano y Venecia pasó a ser austriaca.

  Pero para los judíos venecianos mucho no les cambió la vida, se los seguía obligando a vivir en ghettos, se les prohibía tener una profesión o ser terratenientes.

  No les quedaba otra que dedicarse al comercio, tener un oficio o ser prestamistas. Esa era su forma de vida, despreciados, perseguidos como fue desde tiempo inmemorial. Podían llegar a tener fortunas, negociando y cobrando altos intereses a los grandes señores, los mismos que los segregaban.

  Este fue el caso de David Levy, un judío que llegó a tener la casa más grande dentro del ghetto.

  Contaba con amplios salones, con piso de piedra, techo con vigas macizas de madera, y cielorraso encasetonado del mismo material. Muebles de roble y la iluminación a aceite, en lámparas doradas a la hoja. Grandes pinturas cubrían las paredes. Mucha opulencia, pero de que le servía, avaro, macilento, sin amigos.

  Según la tradición, lo habían casado muy joven,  según el Avot (tratado de principios), un hombre estaba en condiciones de casarse a partir de los 18 años. Su esposa, la que le había elegido el shajdan, y a la había aprendido a amar y respetar, era muy piadosa, le había dado tres hijas, Miriam, la mayor, Sara y Judith. Las había criado bajo los preceptos que tendrían que tener respeto a los mayores, caridad a los menesterosos,  mantener las tradiciones y todo lo concerniente para llegar a ser buenas madres y buenas esposas, finalidad única de todas las niñas.

  Desde muy niñas estudiaron la Torá, algo poco usual en las mujeres. Junto a su madre todos los viernes encendían las velas para el kabalat y preparaban todo para recibir el shabat (sábado).

  Las dos hijas menores tenían pretendientes, pero no se podían casar hasta que no lo hiciera la hermana mayor.

  Miriam era muy respetuosa, pero de carácter fuerte. No aceptaba imposiciones con respecto a cuestiones del corazón.  Pensaba que tenía que estar enamorada del hombre con quien pasaría el resto de su vida.

  Sus padres,  incluso el rabino, le explicaban, que el amor viene con los años, con el respeto mutuo y con la llegada de los hijos. La casamentera había hecho desfilar a todos los muchachos en edad de casarse por los salones de la gran casa.

 Fue inútil, Miriam, no cambiaba de opinión. Su padre estaba desesperado, incluso sus hermanas, pues  ellas sí se querían casar, antes de hacerse viejas, pues a los treinta años habrían perdido la condición de casaderas, con el candidato que les habían conseguido el shajdan (casamentero). Este se guiaba por conocimiento del linaje de las familias, intuición, simpatía personal, y por sobre todo su situación económica.

  Por su casa desfilaban judíos venecianos y de ciudades cercanas, jóvenes y viejos, con dinero o pobres. Miriam los rechazaba uno a uno.

  Tanto la madre, como a las hijas, les gustaban vestir bien, influenciadas por las noticias que llegaban de la corte austriaca, y como no tenían problemas económicos, querían siempre estar a la moda. 

  Un buen día, llegó a la ciudad, un comerciante que venía de China. Una sirvienta de los Levy, lo vio en el mercado y salió corriendo a contárselo a su ama.

  Ella, inmediatamente, hizo que se presentara en su casa. El mercader llegó cargado con su mercancía, y para satisfacción de él le compraron piezas enteras de brocato, seda, puntillas y cintas, tan ávidas estaban las mujeres de la casa con las telas exóticas.

   La única que no se deslumbró con la fina mercadería fue Miriam, solo tenía ojos para el mercader, su aliento se paralizó y   su corazón latía con tal fuerza que temió que los demás lo escucharan. Los ojos celestes, el cabello rubio ensortijado y el cuerpo atlético del muchacho, la dejó sin habla y sonrojó sus mejillas.

  El, a su vez, quedó prendado de su belleza. Comenzó a frecuentar la casa bajo cualquier pretexto, que un día traía una tela nueva, que otro algún fino encaje, hasta que no pudieron ocultar su amor.

 Decidieron casarse con previo consentimiento de su madre y la bendición del padre, que no tuvieron inconvenientes de dárselas, ya que era un próspero comerciante y un buen judío.

Se realizó el tnaim (compromiso) que es un precontrato matrimonial y   Comenzaron los preparativos de las bodas, ya que las dos hermanas menores aprovechaban la ocasión y se casaban el mismo día. Además tenían preparado el ajuar desde varios meses atrás. Se fijó la fecha, previa consulta con el rabino, para que no se superpongan con las fechas prohibidas.

  La boda se podía realizar en la sinagoga o en una casa, los novios optaron por la casa de la novia en la cual se levantó la jupá (manto de tela sostenida por cuatro varas, que representa la unión de la pareja, el amor, amistad y compañerismo).

  Se pulió la vajilla, los candelabros, se fregaron los pisos, se limpiaron las alacenas como si fuera Pesaj y se prepararon todo tipo de manjares típicos de la cocina judía, no faltó nada desde el gefilte fish, los arenques, el matze y los platos dulces como el jaroset, pasas, dátiles, ciruelas, damascos rociados con miel.

  El vestido de Miriam, en brocato rosa, bordado con hilos de oro conformando rosas, tenía terminaciones en puntilla valenciana en el cuello y puños. Haciendo juego los zapatos eran de raso rojo.

  Los novios lucían caftán de terciopelo negro sobre camisas de seda blanca y calzas negras también de seda. Según la tradición el padre de la novia regala al novio, en este caso, a tres novios, el talit, de seda blanca con grandes flecos.

  Los vestidos de las hermanas eran uno de seda celeste y el otro en seda verde, también adornados con anchas puntillas.

Todos los presentes cubrían sus cabezas con tocados, sombreros o pelucas.

 El primero en entrar a la jupá fue el novio, acompañado por los padrinos, y esperó a la novia que llegó acompañada de su padre.

  El rabino les dio una bendición y recitó una plegaria con una copa de vino en la mano. El novio colocó un  anillo de oro en el dedo de la novia, símbolo de la eternidad y constancia de la vida matrimonial y la pureza del metal representa la fidelidad conyugal; y juntos beben un  sorbo de vino anticipando una futura participación en todas las cosas de la vida. El matrimonio es una institución sagrada en la vida judía. En las bendiciones que se pronuncian, la unión del hombre y la mujer es encarada como la colaboración humana en la creación divina.

  Luego leyeron la ketuba (documento matrimonial religioso), donde se establecen las obligaciones de ambos en la vida conyugal, como también el respeto mutuo y la igualdad de la mujer frente al hombre. Sobre tales bases morales, inicia su vida conyugal la nueva pareja judía.

  Terminadas las siete bendiciones (sheva berajot), donde aparece el entrelazamiento de la vida individual con los destinos colectivos de su pueblo, bebieron vino de una segunda copa, y el novio rompe la copa, tradición que conmemora la destrucción del Templo de Jerusalén.

  Cumplido este rito exclamaron al unísono “Mazal Tov” (buena suerte),  brindaron y se bailó hasta que salió el sol.

Los novios, en sendos carruajes, se retiraron a sus respectivos viviendas, que siguiendo la  tradición habían dejado en un rincón de un salón, una pared sin revocar, también para recordar la destrucción del templo.

  Las tres casas fueron regalo de un padre satisfecho al haber podido casar de una buena vez a sus tres hijas”.

 

 

                                                                                 

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