HISTORIAS CON HERMANOS (DESDE EL PALOMAR)

Este relato participó del CERTAMEN LITERARIO DE LA RED NACIONAL DE CENTROS DE ADULTOS MAYORES DE AMIA.

Mención especial, categoría: narrativa breve.

Autora: Sra. Ana Rebeca Rubins, 86 años.

Concurre al GRUPO MI LUGAR , en el CIRCULO CULTURAL ISRAELITA LOMAS DEL PALOMAR

“Mi familia estaba compuesta de mamá, papá y tres hijos.

Yo, la mayor. Seguía él, casi nada! El varón, dos años menor que yo y diez años después, mi hermana: el chiche, la muñeca rubia de la casa.

Creo que quedó claro que yo era la responsable, la mayor, la encargada de poner orden, de hacer las compras, de sentarlos a comer, de ir a buscarlos y mandarlos al colegio, o sea: si estaba todo bien, el orgullo de mis padres cuando hablaban de mí, y la culpable de sus líos, cuando los había.

Ahora, a la distancia, entiendo que el conjunto de actividades que enumeré, no fueron tantas, ni tan bien hechas, pero bueno, yo me las creía para sentirme importante.

Cuando hablo de líos, me refiero a los de mi hermano, ya que los de mi hermana (mi víctima) yo los resolvía mandándola al rincón, hoy, ella me los hecha en cara al recordarlo.

Mi hermano era muy lindo, rubio, flaquito, líder siempre y memorioso, muy memorioso.

Esto le permitió ser médico a los veintitrés años y director de hospital a los veinticinco, claro que a eso, se sumaba un inteligencia superior y una entrega absoluta, por lo que siempre supo y mereció destacarse.

Recuerdo algunas de sus características, porque quiero contar dos momentos que lo tuvieron de protagonista.

Las reuniones que para fin de curso de la escuela primaria en la que él cursaba, se hacían en el cine del barrio: el Cine Teatro Unión.

Mi hermano era casi siempre el actor principal.

Tenía ocho años y lo eligieron para recitar un poema aburrido y mamotrético: “El balero”.

Subió al escenario presentado por su maestra y empezó a recitarlo.

Como a los cinco minutos se le olvidó como seguir, sin inmutarse, volvió al principio.

Los únicos que lo notamos, éramos su familia que habíamos ido en tándem y su maestra, que desde un rincón del escenario no sabía bien qué hacer.

Al llegar al punto del olvido, y con el mismo tono y gestos (¿dije que era muy histriónico?) retomó los primeros versos.

Claro que nada más lo intentó, porque su maestra lo sacó del escenario., mientras todo el público, mis padres incluidos, no paraban de reír y él, el causante de todo esto, era arrastrado porque no se quería ir.

Voy a contar otro episodio que protagonizó mi hermano:

Él tenía doce años y mi hermana, sólo cuatro.

Debía ir a la pizzería a comprar una pizza. La pizzería quedaba  a sólo dos cuadras de casa, y ahí se fue él, con su tropa de amigos, y se ofreció a llevar a mi hermana.

Cuando volvieron a casa, la tropa estaba completa, la pizza calentita y rica, pero la que faltaba era mi hermanita ¡Se la habían olvidado!

En medio de gritos y cachetadas, mis padres desandaron el camino para saber dónde había quedado.

La encontraron sentada en una mesa, rodeada y mimada por los empleados de la pizzería, mientras que un vecino había corrido a la comisaría para denunciar el abandono de una nena.

Hoy forman parte de los recuerdos que nos hacen cosquillas en el corazón, con el cariño que pese a pérdidas y dolores compartidos, nos mantienen unidos y entrañablemente queridos”.

 

 

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