RAICES PERDIDAS (CUENTO DESDE TUCUMAN) MENCION ESPECIAL

Aida Albertinsky, 79 años

COMUNIDAD San Miguel de Tucumán

Grupo: UN CANTO A LA VIDA

RAICES PERDIDAS

En una apacible tarde de verano, cuando en el horizonte la tierra parece confundirse con el cielo, en esas últimas horas del crepúsculo en que el firmamento se tiñen de mágicos colores, como si la paleta de un pintor hubiese querido mostrar ese espectáculo maravilloso que brinda la naturaleza, estaba a la orilla de un rio sentado un niño de unos cinco o seis años aproximadamente, absorto en angustiantes pensamientos que no le permitían disfrutar de esta tarde. Siempre sentía esa sensación de vivir una vida que no le pertenecía, y le costaba integrarse con otros niños.

Muy cerca de un campamento de gitanos que acampaban, se escuchaban los  sonidos de un violín. Ahí vivía el chico con los gitanos y quienes decían ser sus padres. Nunca conoció de ellos una sonrisa, ni una caricia y nunca faltaba una bofetada cuando no cumplía bien con la misión que le encomendaban de salir a robar.

Así fueron transcurriendo los años, hasta que un día pasó algo que cambió para siempre el destino del niño: Un carruaje se desplazada por un camino, ocupado por un matrimonio judío que se dirigían a cierta localidad con el objetivo de comprar un campo, construir su vivienda con los ahorros de muchos años de sacrificio. En un momento dado divisaron a lo lejos algo que llamó la atención, acercándose curiosos y temerosos descubren una carreta volcada con las ruedas mirando hacia el cielo, carcomidas por el sol y la lluvia, y totalmente vacía. Cuando se dieron vuelta para continuar el viaje, Sara creyó ver algo que brillaba entre el follaje, lo recoge y poco faltó para que pierda el sentido, sus manos temblaban… “Marcos”-le dice- “Mirá esa cadena grabada  con las iniciales S.R (Simon Rossi), es la cadenita que le regalé a mi sobrino con la estrellita y sus iniciales Simon Rossi, después tanto él como su familia desaparecieron y nunca hemos tenido noticias de ellos. ¿¡Marcos, por D”s, que pasó?!”

Buscaron el pueblo más cercano, a las autoridades, nadie sabía nada, de algún accidente o algún asalto por esas zonas, durante todos esos años.

Así pasaron unos días preguntando aquí y en todas partes con la esperanza de alguna información. El esposo viendo el estado de su mujer ya quería continuar el viaje, pero ella con una fuerza poderosa no quería moverse del lugar. “Yo necesito saber qué pasó con mi hermano”- repetía- ”si alguien de ellos se salvó”.

Así transcurrieron los días hasta que en uno de ellos escucharon la voz de un niño que sin percatarse que había personas cerca, gritaba “¡Padre, padre, mire lo que robé para usted!” Al oír esto, Sara se dio vuelta y tomándose del saco del marido, llorando gritaba: “¡Marcos, es este chico el espejo de la cara de mi hermano!”. Era Alejo, como lo llamaban los gitanos.

Ante tal conmoción intervinieron las autoridades. Ya en la comisaría lo indagaron y amenazaron de tal modo al gitano que se vio obligado a confesar la verdad: “si, no es mi hijo, es un niño que yo rescaté de un asalto que realizó mi gente. A las personas que iban en la carreta, parecían gente de dinero y yo no pude evitarlo”

La tristeza por la pérdida de su familia y la alegría por recuperar a su sobrino se fueron mezclando para Sara en la medida que pasó el tiempo. Simón creció convirtiéndose en un lindo jovencito.

En la medida que comenzó su juventud se dio cuenta que se inclinaba hacia la carrera de Rabinato, y el día que se consagró como tal, mientras los presentes vivían la emoción del momento, él levanto la mirada al cielo y murmuró: “Señor cuán grande es tu misericordia divina y que infinitas gracias te doy al entregarme mis raíces que yo no sabía que estaban perdidas”.   

 

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