CERTAMEN LITERARIO (BEIAJAD) MENCION ESPECIAL

Nombre: Norma Ester Galupecio

Edad: 73 años

Centro: Grupo Beiajad- Comunidad Dr Herzl de Lomas de Zamora

Un sueño hecho realidad

Transcurría mi niñez pacíficamente. Vivíamos en las afueras de la ciudad. Teníamos un inmenso parque y también un gallinero, donde mis tres hermanas y yo recogíamos cotidianamente los huevos del día.

Pasábamos largas horas en el jardín, protegidas por un vasto alambrado a través del cual veíamos a los vecinos, que se asomaban, atraídos por nuestro cotorreo.

Desde muy pequeña oía a mis padres conversar, expectantes, sobre el día en el que nosotras creciéramos y en el que podrían al fin visitar el pueblo natal de mi madre y de sus siete hermanos, en Entre Ríos.

El tiempo pasaba. Ellos envejecían. Y el sueño no se concretaba. Por sobre todas las cosas, lo que más anhelaban era visitar el cementerio donde descansaban los restos de la abuela, algo que en ese momento era muy difícil de cumplir.

Los años continuaron transcurriendo, inexorablemente. Mis padres fallecieron. Nosotras, sus hijas, fuimos tomando rumbos diferentes. Y en mi mente continuaba girando un fuerte deseo de ir allí. En esa época, la distancia parecía increíble. Hoy, ese trayecto resulta muy corto: son poco menos de cuatrocientos kilómetros.

Un buen día, hace relativamente poco tiempo, la comunidad a la que pertenezco organizó un viaje a las antiguas colonias judías. Y mi remoto y postergado sueño, comenzó a tomar cuerpo, forma y color.

Recorrimos Basavilbaso: la estación de trenes, la plaza principal, las calles, las sinagogas. Parecía una ciudad detenida en la historia. Como broche de oro, casi al finalizar al paseo, llegamos al cementerio. La ansiedad me desbordaba. En la entrada había un señor muy amable, que se ofreció a conducirme al lugar que yo tanto buscaba: la tumba de mi abuela. En el camino me comentó que, en los cuarenta años que él estaba trabajando allí, sólo un hombre venido de Italia la había visitado. Súbitamente se me cruzó la imagen borrosa de mi primo Alfredo, y me estremecí.

Cuando vi la foto de mi abuela, quedé impactada. Era hermosa. Había fallecido a los treinta y ocho años, dejando al abuelo al cuidado de ocho niños. El lugar estaba perfectamente conservado, como si alguien lo visitara ritualmente todas las semanas y lo cuidara con devoción.

Me invadió una emoción indescriptible. Para mí, el sol brillaba más que nunca, acompañado por un cielo intensamente celeste y el verde hermoso de las plantas. Me pareció un lugar mágico. Me sentí transportada por un sueño que había durado dos generaciones.

Y ahora el sueño se estaba haciendo realidad.

 

 

 

 

 

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