CERTAMEN LITERARIO 4º PREMIO Elsa Geler de Kacanas (SHEMESH MACABI)

 

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Berta, la de Deseado

Llegamos de noche y no se veía nada.

Miento.

Se veía un gran edificio, y gente, mucha gente. Para mí eran raros, y la mayoría hablaban raro. No entendía demasiado que pasaba, estaba cansada, tenía sueño, el viaje había sido muy largo.

Yo creía ser una experta marinera. De hecho, aquella tarde en la que me escapé con mi hermanito a navegar por el río Buck, no tenía ni un poco de miedo. Fue subirme al bote, acomodar a Moishe derechito para que no se cayera y empezar a navegar. Los peces rondaban apenitas por debajo del agua, yo alcanzaba a tocarlos con las manos pero no los podía atrapar.

En casa se armó un desparramo.

– 2¿Dónde están los chicos?”, gritaba mamá. Parece que el tío reconocía bien. Desde la orilla me pidió que volviera, me ordenó más bien. Y la reprimenda no tardó en llegar.

Esta vez fue distinto. Días, noches, más días y más noches en un barco enorme, que se movía, que atravesaba un río enorme, como nunca había visto, ni siquiera imaginado.

– “Un océano”, me corrigió mamá, y detrás de él está tu padre, esperándonos.

Mi padre.

Apenas lo recordaba. Yo tenía 8 años y él se había ido hacía 6 a América. “Para que a nosotros no nos falte nada”, repetía mamá. Pero a mí me faltaba algo: mi papá.

¿Cómo sería papá? Eso no me dejaba dormir. Ni el frío. Ni el miedo. Espiaba por el ojo de buey y el “océano” no se terminaba nunca. Agua y agua. Un día vi un tiburón.

El mismo tiburón que, durante mucho tiempo, temía que apareciera en la pileta del baño.

Llegamos de noche. Y el edificio grande y la gente rara fue lo primero que vi. Aunque yo esperaba ver a mi papá.

Esa noche, mi primera noche en América, la pasé en un lugar enorme, frío, lleno de pulgas. Y apenas si pude pegar un ojo. Se hizo de día y ahí estaba papá. Me abrazó con tanta fuerza que me apretó el pecho. A mi me dió risa, él se rió también, y le pedí que me comprara maníes. Estaban envueltos en un papel de diario y los saboreé uno por uno. Papá y yo comiendo maníes en América. Argentina, me aclaró papá, ahora nuestro país se llama Argentina.

Atrás quedaron mis primeros ocho años de vida en Brestlitof, en Polonia a orillas de Back. Atrás quedaron mis abuelos maternos, mi tío gruñón y mi amiga Kaska. Atrás quedaron los inviernos con nieve, los muñecos con carbones por ojos y zanahoria por la nariz, el trineo en el que me empujaba mi abuela y aquel extraño hombre musculoso que nunca pude borrar de mi memoria.

Era en la plaza del pueblo. Ese hombre enorme se acostó sobre una madera llena de clavos y un carro le pasó por encima. Luego se levantó, lo aplaudimos a rabiar y me saludó con un golpecito en la cabeza. Yo le miré la espalda cuando se iba y no tenía ni un rasguño.

Atrás quedó también mi nombre, Baska. Ahora era Berta. La de Deseado, me agregué yo misma años mas tarde, cuando me mudé a esa calle. Pero eso pasó cuando el tango y el folklore ya formaban parte de mi vida. Cuando el mate era impostergable a la hora del desayuuo y la merienda.  Mucho tiempo después de cuando lo probé por primera vez, cuando una vecina de nuestra primera casa me lo ofreció y yo lo tomé sin bombilla, porque creí que era una pipa y se la saqué. En realidad no era una vecina y no era nuestra primera casa. Era una señora que vivía en una de  las habitaciones de la casa, casa de la que mi familia y yo ocupábamos otra de las habitaciones.

Mientras mi padre-sastre- cortaba, cosía, peleaba con los clientes y trabajaba para comprar, ahora si, nuestra primera casa, yo tenia que aprenderlo todo de nuevo. En la escuela se reían de mi. Recuerdo un día de frío en que me vistieron con un traje tejido azul y un gorro verde bordado con un pompón.

Ese día no entendí lo que me decían, pero aprendí rápido el castellano, la clase de lectura era mi favorita.

Curiosamente, ahora éramos nosotros los que alquilábamos las habitaciones de nuestra casa a otras personas. Todos tenían historias muy particulares, allí conocí mi primer violín. El señor del violín ocupaba uno de los cuartos, como Doña Clara, que fue la primera persona muerta que ví en mi vida.

Allí también conocí el delicioso sabor de la panceta, el cansancio del participar de una procesión y la certeza de que ser judía implicaba una diferencia con muchas de las personas con las que compartía mis días.

Probá, me dijo Doña Clara. Probá qué rico, insistió. Yo sabía que no podía comer panceta, pero no entendía muy bien por qué. Es cerdo, repetía mi padre, y los judíos no comemos cerdo. Yo era judía, y pude comerlo sin problemas. Y además me gustó mucho. Sin embargo intuía que algo malo me podía pasar, por eso le pedía a mi hermano que no le dijera nada a papá.

Pero él le dijo.

Y papá se enojó muchísimo.

Aunque no tanto como la vez en que nos escapamos de casa con Moishe y nos integramos a una procesión. ¡Qué divertido fue! La gente cantaba, rezaba, caminaba, y llegamos hasta la iglesia. Pero a papá no le gustó y me lo hizo saber.

En la Argentina nació mi otro hermanito, Yaco. Y mi marido. Y nacieron mis hijos, mis nietos y mis bisnietos. Y hoy, después de tantos años, puedo decir que aquí nunca me sentí extranjera.

Esa mañana, apenas salí del Hotel de los Inmigrantes y, bajo el sol, comí un cucurucho de maníes junto a ese hombre que me abrazó tan fuerte, sentí, con la misma fuerza de ese abrazo, que había llegado para quedarme.

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